Se fue Juan Llibre como fría llovizna en el alba
Hace tiempo que Juan Llibre había abandonado el mundo, todos sabíamos que ya no estaba en el mundanal ruido, que había decidido la ruptura, y que había dicho lo mismo que dijo el gran poeta ruso Alexander Pushkin, cuando señaló que anhelaba despedirse del desfiladero y ocultarse en la libre altura del macizo montañoso, en la vecindad de Dios.
Juan Llibre se estableció en la llanura de Monte Plata y allí gobernó su mansedumbre, asistió puntual a los ritos de la llama y la resina, allí vio pasar los días y vio su inutilidad final, la bancarrota de la prisa, el destino noble del talismán del rocío, los copiosos besos de los pájaros que simulan llegar al cielo, las alas tardías de la madurez, las flores que silban cuando el sol las amotina de tibia luz.
Hizo una larga carrera como locutor, como publicista, uno de los pioneros de la publicidad dominicana, como relacionador público, como promotor de tele maratones para ir en auxilio de damnificados, marchó al exilio asqueado de la tiranía trujillista y llegó a empuñar banderas de libertad junto a los opositores en San Juan de Puerto Rico, pero sobre todo, estuvo en las bohemias libres donde su voz nos llenó a todos de música y palabra, de verso y canción. Nunca se le vio envuelto en trifulcas ni verbales ni físicas, navegaba como un príncipe en el pentagrama de los sonidos y los sentimientos, porque la poesía era expresión del amor y el dolor, del olvido y el desamor, porque la lengua sirvió, sirve y servirá para explosionar, para volcar el corazón hendido, para llenar de oleajes y susurros la espesa niebla de la muerte.
Por aquello de que las cosas no son de quienes las poseen sino de quienes más la aman, todas las poesías eran de Juan Llibre, su estela de caballero, su don de gente, su voz inmensa, lo convirtió en uno de los más auténticos declamadores del país, hizo legión de admiradores, y en los años de la década de 1960 los hogares se llenaron con sus discos de poemas, querido y admirado, Juan Llibre, para después desaparecer, quizás convencido, como dijo Martí, de que había que saber desaparecer en un momento dado para siempre, con ese aliento bucólico, manso, invenciblemente libre de quien lo entiende todo y no sufre decididamente por nada.
Los reportajes, las escenas últimas, las indagatorias, que llegaban hasta su retiro campestre lo presentaban como festejando la anónima nave de su soledad, de pláceme con la verde fronda, envejeciendo hermosamente sin la cita podrida de la vanidad social, en el fulgor nocturno del verso que siempre despierta en el abismo del corazón.
Uno atina a cuestionar el presente, su falta de perspectivas de futuro, la cerrazón mecánica de una post modernidad cuyos plazos de vida no dejan espacio a la poesía, la sitúan distante y ajena al pragmatismo funcional, al alud del consumismo y la demanda material del oro, como si los seres humanos pudiesen florecer en nichos cibernéticos, como si se hubiese extinguido el reino de los besos, la pasión desnuda del mar, el encierro de la ternura, la belleza que germina en el ocioso tejado de la primavera. Juan Llibre tenía la crédula bitácora de su embarcación furtiva, eran sus versos la oriflama de su pináculo altivo, la hechicera aparición de un tormento, el cuerpo y la sonrisa de la mujer querida, los amores itinerantes, la velada alumbrada por la luna esquiva y el aguardiente, esos acentos de locura que nos aguardan en la lejana orilla de la memoria herida.
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